Al fin llegaron las ansiadas vacaciones. Los niños, las niñas y los papás y mamás desaparecen por un tiempo, o al menos, no nos persiguen con sus quejas ni nos agobian con sus carencias.
Las vacaciones, habitualmente, son periodos de alegría, de descanso, de relajación... Sin embargo, en nuestro colectivo no ocurre así: no ha hecho nada más que acabar el trimestre cuando ya estamos pensando en lo que debemos hacer el siguiente. ¿Por qué suspendió Pedrito? ¿Dónde coloco a Margarita? ¿Cómo motivo a Luisito? ¿Cómo enfoco el nuevo trimestre con los padres de Inmaculada?
Pues sí: en nuestro trabajo, aunque no lo parezca, nunca llegamos a desconectar plenamente, algo que, por supuesto, nadie valora. "Pues ahora tenéis tres semanas, eh?", "Joder, cómo viven los maestros", etc, etc.
Y para colmo de males, llegamos con energías renovadas tras el parón invernal y nos chocamos de frente con la destrucción de todo lo conseguido: los papás, mamás, abuelos, tíos y primos varios han consentido y maleducado a los niños puesto que son épocas de paz y felicidad, jamás de enfrentamiento. También debemos lidiar con el problema de que volvemos a exigir trabajo a unos niños que vienen de este periodo con todos sus caprichos concedidos. Volvemos a luchar por nuestra autoridad. Volvemos a pelear por implantar hábitos...
En definitiva, las vacaciones navideñas están bien, faltaría más, pero ¿podríamos modificar algunas costumbres? Seguro que sí.
Saludos caninos.
martes, 22 de diciembre de 2009
sábado, 7 de noviembre de 2009
Falta de expectativas
Siguiendo con mis reflexiones anteriores quería denunciar la falta de expectativas de nuestros jóvenes.
Siempre habrá quien me diga: "No, no podemos generalizar"; "Es una minoría"... Pero la cruda realidad es otra bien diferente.
El otro día, sermoneando a mis alumnos acerca de lo importante que es el estudio, me llevé una grandísima decepción al comprobar que estamos ante una generación en la cual se cumple la máxima "Vive de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos, si es que los tienes, y si no pues vive de tus padres hasta que se mueran y te dejen una buena herencia". Porque es desconsolador comprobar como nuestra juventud no aprecia el valor de la educación que están recibiendo, no agradecen el esfuerzo de sus mayores, no miran más allá de su messenger...
Hablando de la universidad, una alumna me cortó: "Si es que yo no quiero ir a la universidad". ¡Coño! Qué claro tiene su futuro esta niña, pensé ingenuamente en un primer instante, "Quiero ser peluquera", ¡Tócate los coj...!, pensé en el inmediato segundo después.
Y yo me pregunto... ¿dónde están aquellas generaciones que querían ser ingenieros, aunque no sabían ni lo que era eso? ¿dónde están aquellos niños que soñaban con ser astronautas?, ¿y aquellos otros que querían ser arqueólogos, aventureros, historiadores, arquitectos, abogados...? Creo que no existen, aunque los menos alarmistas digan que sí. Ahora nos quedan los futbolistas (que siempre existieron), los cantantes y las peluqueras (que manda huevos la de peluqueras que habrá en el inem en esta época de crisis).
Y que nadie confunda mi alegato, que no va contra el gremio de la peluquería y la belleza, pero es que siempre habrá tiempo de quedarse en una profesión de una formación menor si es que al final no llegamos más arriba, pero es que si ni siquiera lo vamos a intentar...
Saludos caninos.
Siempre habrá quien me diga: "No, no podemos generalizar"; "Es una minoría"... Pero la cruda realidad es otra bien diferente.
El otro día, sermoneando a mis alumnos acerca de lo importante que es el estudio, me llevé una grandísima decepción al comprobar que estamos ante una generación en la cual se cumple la máxima "Vive de tus padres hasta que puedas vivir de tus hijos, si es que los tienes, y si no pues vive de tus padres hasta que se mueran y te dejen una buena herencia". Porque es desconsolador comprobar como nuestra juventud no aprecia el valor de la educación que están recibiendo, no agradecen el esfuerzo de sus mayores, no miran más allá de su messenger...
Hablando de la universidad, una alumna me cortó: "Si es que yo no quiero ir a la universidad". ¡Coño! Qué claro tiene su futuro esta niña, pensé ingenuamente en un primer instante, "Quiero ser peluquera", ¡Tócate los coj...!, pensé en el inmediato segundo después.
Y yo me pregunto... ¿dónde están aquellas generaciones que querían ser ingenieros, aunque no sabían ni lo que era eso? ¿dónde están aquellos niños que soñaban con ser astronautas?, ¿y aquellos otros que querían ser arqueólogos, aventureros, historiadores, arquitectos, abogados...? Creo que no existen, aunque los menos alarmistas digan que sí. Ahora nos quedan los futbolistas (que siempre existieron), los cantantes y las peluqueras (que manda huevos la de peluqueras que habrá en el inem en esta época de crisis).
Y que nadie confunda mi alegato, que no va contra el gremio de la peluquería y la belleza, pero es que siempre habrá tiempo de quedarse en una profesión de una formación menor si es que al final no llegamos más arriba, pero es que si ni siquiera lo vamos a intentar...
Saludos caninos.
domingo, 1 de noviembre de 2009
Decepción en educación
Voy a inaugurar este blog con uno de los posts que acuden de manera más recurrente a mi pensamiento: la educación.
Se le llama, habitualmente, deformación profesional. Viene al caso porque mi profesión es la de maestro... de Primaria, afortunadamente.
La situación de la educación en España es preocupante. En numerosos medios se debate a fondo sobre ello pero ¿dónde están las soluciones? Desde luego no en una tarima elevada o en un tratamiento personal de usted (lo siento Esperanza).
Y es que el problema de la docencia (y de la discencia) radica en lo más profundo de nuestra sociedad. Realmente, el origen de dicho problema es común a otras profesiones de ancestral prestigio y que, actualmente, han perdido todo el respeto que la ciudadanía les otorgaba merecidamente.
Nuestra sociedad es extremadamente individualista. Todos y cada uno de nosotros nos movemos exclusivamente por nuestro interés, lo cual es totalmente lícito en nuestra vida privada, pero. ¿y cuándo esa vida interacciona con las de los demás? Desde luego no se lleva ayudar al prójimo, facilitar la vida al vecino, al compañero, tratar de mejorar nuestro entorno... Por el contrario nos dedicamos a pisarnos de la manera más despiadada posible: desde que salimos por la puerta de casa y cogemos el coche hasta que volvemos tras la jornada de trabajo.
El reflejo más claro de la sociedad son sus centros educativos. Allí se muestran todas las actitudes de las nuevas generaciones, crecidas en este entorno insolidario y extremadamente competitivo, junto con las crecientes demandas de todos los sectores que, piensan, tienen algo que decir acerca de cómo educar a nuestros hijos.
Los maestros tenemos que lidiar a diario con alumnos (hablaré en masculino, señorita Bibiana) que no desean hacer el más mínimo esfuerzo por conseguir algo que ya tienen sin habérselo ganado. Tampoco están dispuestos a aceptar ninguna orden de un extraño que viene a molestar su plácida existencia. Por supuesto, eso llamado deberes está fuera de su diccionario... ¡Por Dios! ¡Deberes! En breve, la constitución lo sustituirá en todo su articulado por "Derechos y derechos".
Pero claro, esta forma de actuar no viene de la nada. Buceando un poquitín en las circunstancias personales de cada cual puedes encontrar, habitualmente, el motivo de tales comportamientos: padres complacientes, que compran el cariño de sus hijos con bienes materiales ya que no pueden o no quieren pasar tiempo con ellos; padres que no dedican interés ni esfuerzo a saber qué hacen sus hijos durante 5 horas día tras día; padres que no tienen expectativas hacia sus hijos, no tienen un interés en que superen lo que ellos son; padres que no van a aguantar el que sus hijos (vagos, maleantes, pasotas, gamberros, macarras...) sean regañados o reñidos por otra persona que no sean ellos, faltaría más.
A mí lo que me choca es que esos padres fueron criados en un ambiente respetuoso hacia el maestro, hacia la institución escolar en general y si bien es cierto que algunos sufrieron violencia, la mayoría pasó por una escuela que cumplía sus funciones a la perfección.
La administración, por su parte, se pone siempre de la parte de sus votantes. La sucesión de leyes cada vez más ridículas parece no tener fin; la falta de acuerdos entre los grandes partidos es evidente; los currícula cada vez menos exigentes; la falta de respaldo para sus profesionales; el miedo, la tensión... la inspección que no inspecciona, que no ayuda... los compañeros desunidos... la sociedad entera opinando... cualquier alfeñique opinando sobre cómo educar...
Son tantos los problemas que me propongo analizarlos de manera progresiva, esto sólo ha sido un comienzo. Espero que me dé tiempo, aunque creo que se rumorea que trabajaremos hasta los 70 años, incluyendo los meses de julio... no sé, quizá tenga que resumir.
Se le llama, habitualmente, deformación profesional. Viene al caso porque mi profesión es la de maestro... de Primaria, afortunadamente.
La situación de la educación en España es preocupante. En numerosos medios se debate a fondo sobre ello pero ¿dónde están las soluciones? Desde luego no en una tarima elevada o en un tratamiento personal de usted (lo siento Esperanza).
Y es que el problema de la docencia (y de la discencia) radica en lo más profundo de nuestra sociedad. Realmente, el origen de dicho problema es común a otras profesiones de ancestral prestigio y que, actualmente, han perdido todo el respeto que la ciudadanía les otorgaba merecidamente.
Nuestra sociedad es extremadamente individualista. Todos y cada uno de nosotros nos movemos exclusivamente por nuestro interés, lo cual es totalmente lícito en nuestra vida privada, pero. ¿y cuándo esa vida interacciona con las de los demás? Desde luego no se lleva ayudar al prójimo, facilitar la vida al vecino, al compañero, tratar de mejorar nuestro entorno... Por el contrario nos dedicamos a pisarnos de la manera más despiadada posible: desde que salimos por la puerta de casa y cogemos el coche hasta que volvemos tras la jornada de trabajo.
El reflejo más claro de la sociedad son sus centros educativos. Allí se muestran todas las actitudes de las nuevas generaciones, crecidas en este entorno insolidario y extremadamente competitivo, junto con las crecientes demandas de todos los sectores que, piensan, tienen algo que decir acerca de cómo educar a nuestros hijos.
Los maestros tenemos que lidiar a diario con alumnos (hablaré en masculino, señorita Bibiana) que no desean hacer el más mínimo esfuerzo por conseguir algo que ya tienen sin habérselo ganado. Tampoco están dispuestos a aceptar ninguna orden de un extraño que viene a molestar su plácida existencia. Por supuesto, eso llamado deberes está fuera de su diccionario... ¡Por Dios! ¡Deberes! En breve, la constitución lo sustituirá en todo su articulado por "Derechos y derechos".
Pero claro, esta forma de actuar no viene de la nada. Buceando un poquitín en las circunstancias personales de cada cual puedes encontrar, habitualmente, el motivo de tales comportamientos: padres complacientes, que compran el cariño de sus hijos con bienes materiales ya que no pueden o no quieren pasar tiempo con ellos; padres que no dedican interés ni esfuerzo a saber qué hacen sus hijos durante 5 horas día tras día; padres que no tienen expectativas hacia sus hijos, no tienen un interés en que superen lo que ellos son; padres que no van a aguantar el que sus hijos (vagos, maleantes, pasotas, gamberros, macarras...) sean regañados o reñidos por otra persona que no sean ellos, faltaría más.
A mí lo que me choca es que esos padres fueron criados en un ambiente respetuoso hacia el maestro, hacia la institución escolar en general y si bien es cierto que algunos sufrieron violencia, la mayoría pasó por una escuela que cumplía sus funciones a la perfección.
La administración, por su parte, se pone siempre de la parte de sus votantes. La sucesión de leyes cada vez más ridículas parece no tener fin; la falta de acuerdos entre los grandes partidos es evidente; los currícula cada vez menos exigentes; la falta de respaldo para sus profesionales; el miedo, la tensión... la inspección que no inspecciona, que no ayuda... los compañeros desunidos... la sociedad entera opinando... cualquier alfeñique opinando sobre cómo educar...
Son tantos los problemas que me propongo analizarlos de manera progresiva, esto sólo ha sido un comienzo. Espero que me dé tiempo, aunque creo que se rumorea que trabajaremos hasta los 70 años, incluyendo los meses de julio... no sé, quizá tenga que resumir.