domingo, 1 de noviembre de 2009

Decepción en educación

Voy a inaugurar este blog con uno de los posts que acuden de manera más recurrente a mi pensamiento: la educación.
Se le llama, habitualmente, deformación profesional. Viene al caso porque mi profesión es la de maestro... de Primaria, afortunadamente.
La situación de la educación en España es preocupante. En numerosos medios se debate a fondo sobre ello pero ¿dónde están las soluciones? Desde luego no en una tarima elevada o en un tratamiento personal de usted (lo siento Esperanza).
Y es que el problema de la docencia (y de la discencia) radica en lo más profundo de nuestra sociedad. Realmente, el origen de dicho problema es común a otras profesiones de ancestral prestigio y que, actualmente, han perdido todo el respeto que la ciudadanía les otorgaba merecidamente.
Nuestra sociedad es extremadamente individualista. Todos y cada uno de nosotros nos movemos exclusivamente por nuestro interés, lo cual es totalmente lícito en nuestra vida privada, pero. ¿y cuándo esa vida interacciona con las de los demás? Desde luego no se lleva ayudar al prójimo, facilitar la vida al vecino, al compañero, tratar de mejorar nuestro entorno... Por el contrario nos dedicamos a pisarnos de la manera más despiadada posible: desde que salimos por la puerta de casa y cogemos el coche hasta que volvemos tras la jornada de trabajo.
El reflejo más claro de la sociedad son sus centros educativos. Allí se muestran todas las actitudes de las nuevas generaciones, crecidas en este entorno insolidario y extremadamente competitivo, junto con las crecientes demandas de todos los sectores que, piensan, tienen algo que decir acerca de cómo educar a nuestros hijos.
Los maestros tenemos que lidiar a diario con alumnos (hablaré en masculino, señorita Bibiana) que no desean hacer el más mínimo esfuerzo por conseguir algo que ya tienen sin habérselo ganado. Tampoco están dispuestos a aceptar ninguna orden de un extraño que viene a molestar su plácida existencia. Por supuesto, eso llamado deberes está fuera de su diccionario... ¡Por Dios! ¡Deberes! En breve, la constitución lo sustituirá en todo su articulado por "Derechos y derechos".
Pero claro, esta forma de actuar no viene de la nada. Buceando un poquitín en las circunstancias personales de cada cual puedes encontrar, habitualmente, el motivo de tales comportamientos: padres complacientes, que compran el cariño de sus hijos con bienes materiales ya que no pueden o no quieren pasar tiempo con ellos; padres que no dedican interés ni esfuerzo a saber qué hacen sus hijos durante 5 horas día tras día; padres que no tienen expectativas hacia sus hijos, no tienen un interés en que superen lo que ellos son; padres que no van a aguantar el que sus hijos (vagos, maleantes, pasotas, gamberros, macarras...) sean regañados o reñidos por otra persona que no sean ellos, faltaría más.
A mí lo que me choca es que esos padres fueron criados en un ambiente respetuoso hacia el maestro, hacia la institución escolar en general y si bien es cierto que algunos sufrieron violencia, la mayoría pasó por una escuela que cumplía sus funciones a la perfección.
La administración, por su parte, se pone siempre de la parte de sus votantes. La sucesión de leyes cada vez más ridículas parece no tener fin; la falta de acuerdos entre los grandes partidos es evidente; los currícula cada vez menos exigentes; la falta de respaldo para sus profesionales; el miedo, la tensión... la inspección que no inspecciona, que no ayuda... los compañeros desunidos... la sociedad entera opinando... cualquier alfeñique opinando sobre cómo educar...
Son tantos los problemas que me propongo analizarlos de manera progresiva, esto sólo ha sido un comienzo. Espero que me dé tiempo, aunque creo que se rumorea que trabajaremos hasta los 70 años, incluyendo los meses de julio... no sé, quizá tenga que resumir.

0 comentarios:

Publicar un comentario